viernes, 4 de febrero de 2011

Cuestión de supervivencia.

I. Asociación Civil AC

Es Sociólogo. Cursó en el extranjero la Maestría en Etnometodología. A su regreso trabajó en una institución privada dedicada al cuidado de los ecosistemas. Hoy estudia Historia del Arte en la Universidad Nacional e imparte, desde hace tres años, las cátedras de Sociedad y Cultura, y de Política y Gobierno, en la Universidad del Estado. Su vida, en apariencia, ha transcurrido relajada, fuera del estrés y las constantes presiones escolares. No se ha casado pero ha tenido, al menos en la última década, una docena de novias. La herencia de su familia paterna le ha permitido conocer gran parte del mundo. Hace pocos meses, durante un viaje de investigación a la Habana, conoció a Yolanda. Todo indica que será padre, no habla mucho al respecto pero su rostro refleja una emoción infinita. Cuando iba a cumplir los ocho su padre falleció a consecuencia de una enfermedad crónica. Su madre desapareció a los tres días de haberlo dado a luz y nunca se supo de ella. Desde entonces lo cuidó la abuela Elvira. Se debe tener un carácter fuerte para vivir y sobrellevar las pérdidas y aún superarlas. Uno de sus más grandes proyectos desde pequeño fue construir un enorme asilo para mascotas heridas o abandonadas. Por cualquier lugar donde anduviera recogía perros o gatos para conseguirles un hogar. Aquí en su país ha colaborado en la gestión de apoyos financieros gubernamentales para sectores de algunas regiones marginadas. Recuerdo la primera asociación civil a la que perteneció, defendía la vida de las Claudius angustatus, (especie de tortuga que vive en zonas de fondos lodosos y de aguas poco profundas), cuyo hábitat se veía amenazado por la construcción de pozos petroleros. Otra asociación a la que pertenece desde entonces se dedica al manejo sostenible de recursos naturales y mejoras en la calidad de vida de las comunidades y ejidos indígenas. Divide su vida entre el activismo y la academia. Preside tres organizaciones sin fines de lucro, defensoras de nobles causas, y además es integrante de docenas más. Es vegetariano, nunca consume alimentos derivados de los animales ni probados en ellos. Adora las mascotas y participa cuando puede en cualquier tipo de manifestación en contra de la crueldad animal. Año tras año recibe millones en donativos, públicos y privados, gran parte de estos son destinados al pago del personal involucrado.

II. Matadero.

Su trabajo ha sido semejante al de casi todos, salvo algunas variantes. Levantarse antes de las cuatro. Ducha tibia. Desayuno rápido. Transporte atiborrado. Cuarenta minutos, dieciocho semáforos. Dos cuadras. Checar tarjeta. Uniforme; cofia, mandil, botas antiderrapantes, guantes de látex; todo blanco, pulcro. En el trayecto piensa en la familia. Alicia espera el tercer bebé. Lo llamarán, si Dios quiere, dicen, Miguel o Ángela. Juanito entró a secundaria. María está en último de preescolar. Los peques requieren cuidados y buena alimentación. El salario no está del todo mal, pagan a destajo, por comisión, y triples las horas extras. Se descansa un día por semana. Uno de sus sueños es poder administrar el matadero y después iniciar su propio negocio de distribución. La inversión no es mayúscula pero los trámites y requisitos sacarían de quicio al más paciente. Su esposa es chef profesional experta en repostería; cocina y vende exquisitos pasteles y galletas, además cuida a los niños y mantiene la casa impecable; es una mujer extraordinaria; sueña también con su propia pastelería gourmet. A este ritmo y ahorrando un poco, podrían empezar en tres o cuatro años. Primero los pasteles, luego lo suyo. Cuando se planea un negocio, dice, debe ser de la rama alimenticia; siempre han resultado de los más redituables. Su padre y su abuelo iniciaron la compañía. Su papá piensa pronto retirarse y el abuelo se dedica a consentir nietos. Disfruta su trabajo, lo une a la familia y le ha dado grandes satisfacciones. Tuvo sus momentos difíciles pero hoy no es tan complicado. Para ascender en el matadero debes ser constante, responsable y paciente. De la empresa dependen millares de familias. Recuerda sus primeros días, le gustaba recibir a los animales, había un gran rancho. Su madre le gritaba escuincle atrevido. La verdad es que siempre tuvo un poco de miedo. En la escuela le decían hijo de matapuercos, al principio le molestaba. Uno debe crecer a pesar de las adversidades y luego continuar. Él encontró su camino en el matadero. Siendo muy joven conoció el negocio. Las instrucciones eran precisas; entrar impecable con trapo y cubeta, y a limpiar. Toda la jornada limpiar. Limpiar sin descanso. Limpiar sábados y domingos; navidades, años nuevos y cumpleaños. Limpiar siempre. Algunas veces la pestilente sangre y los chillidos de los cerdos le provocaban náuseas, una especie de vértigo incesante lo rodeaba, otras, debía limpiar también su vómito, pero eso pasó pronto, uno se acostumbra, se adapta. Antes de concluir la jornada para salir al aíre fresco debía pasar por las regaderas, también ahí olía a sanguaza. Pero todo tiene un lado positivo, una recompensa, desde entonces puede disfrutar y compartir las tardes con su familia. Una de sus metas, por compleja, era llegar al puesto que hoy ocupa. Para eso debió prepararse; estudió mercadotecnia y además fue ayudante, destazador y chofer, tablajero, empacador y matarife. La compañía ha crecido exponencialmente. Ahora hay un matadero en cada pueblo. Sus mercancías se venden prácticamente en cualquier lugar. Él está cumpliendo sus sueños.

III. Disertación.

De mí, hay poco que decir. Mi vida no es como la suya, no es perfecta. He pasado por muchos altibajos. Ellos son mis amigos. Los estimo y los admiro, llevan unas vidas ejemplares. A Juan lo conocí en el colegio, a Carlos en la Universidad. Son personas buenas. Juan es mi compadre, bauticé a Juanito. Carlos me presentó a su prima Lupita, mi esposa. No me gusta maltratar a los animales pero nunca recogería un perro callejero para llevarlo a mi departamento. Soy incapaz de matar un grillo pero mataría sin piedad a una rata. Aborrezco el día que entré al matadero y quedé estupefacto al ver cómo disparaban en la cabeza a una vaca enorme con la pistola neumática, —en realidad no moría la bestia sólo desmayaba—, para luego colgarla de las patas traseras, y todavía viva, pelarle la piel, abrirla en canal, destazarla y empacarla. Por otro lado, puedo llegar a disfrutar, como cualquier otro, de una manera extraordinaria, los días de parrillada, desde comprar el carbón hasta el momento mismo en que muerdo un exquisito y jugoso trozo de ribeye. La angustia puede invadirme a veces pero luego me abandona. He donado dinero a muchas organizaciones de liberación animal y en el closet, almaceno abrigo, chamarras y zapatos de piel; un portafolio de cocodrilo y unos guantes de chinchilla. Me conmueve observar cachorros o fotografías de beagles dentro de su canasta pero detesto el olor a orines y los pelos flotando por todas partes. Soy incongruente, la vida lo es. No soy como mis amigos. Creo que nunca podré ser auténtico. No me explico por qué ellos me consideran su mejor amigo. Creo en Dios. Pago mis impuestos. Y aunque casi todos los días me siento feliz, creo que en ocasiones desearía nunca haberlos conocido. Hace poco, convencido y con ayuda de Carlos, decidí deshacerme de todos los productos encontrados en mi hogar, cuyos fabricantes experimentan atrozmente con animalitos; artículos de limpieza y aseo personal, alimentos variados, cremas, cosméticos, etcétera. Llenamos cinco costales. Carlos se fue contento. Yo estuve contento sólo los primeros días; aguanté bañándome con pura agua una semana, luego tuve que ir nuevamente al supermercado para rellenar la despensa. Una de aquellas noches, Lupita se puso mal y la llevé al Hospital, era una infección pulmonar, en la casa no había ni un analgésico, el médico suministró antibióticos de un laboratorio que experimenta con chimpancés. Lupita mejoró pronto. Descubrí en definitiva, que no se puede vivir así, sin los beneficios de tales productos. Siento mucho remordimiento cuando tomo algún jarabe o cuando compro zapatos nuevos, pero de alguna manera los supero. Y aunque todas estas experiencias han sido buenas o malas, confieso que he dejado de consumir y comprar muchos objetos y alimentos de origen animal, por muchas razones, principalmente mi salud. No sé si se trata de un dilema moral pero creo que he vivido, dentro del orden general, de manera incoherentemente feliz. Zapatero a tu zapato. He decidido vivir a mi manera. Se trata de respetar al prójimo y de ganar una vida honesta y lo más alegre posible, sin prejuicios. Esto es, simplemente seguir en el juego de la vida, cuestión de ética, valores. Cuestión de supervivencia.

Fin.
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Publicado en Transmigración de febrero.

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