lunes, 13 de diciembre de 2010

El porvenir está en ti.





El escritor sólo puede interesar a la humanidad,
cuando en sus obras se interesa por la humanidad.
Miguel de Unamuno

Una de las preguntas obligadas al acudir a un taller de creación literaria es, cómo y de qué escribir. La respuesta dada por el profesor, poeta y escritor, José Alfredo Reyes López, al preguntarle cómo escribir un cuento, fue al parecer, demasiado simple y por demás quizá, acertada, (esto no quiere decir que pueda cumplirse de manera sencilla): escribe lo que vives, lo que ves, eso han hecho los grandes escritores. El cómo es lo de menos, sólo hazlo, pero hazlo de manera bella y que sea verosímil. Josea, como le decíamos, tenía razón.
Entonces acusé, medianamente, cómo a través de un tamiz, el escritor cierne su propia percepción de la realidad, para transformarla, con la más variada técnica, en una obra de ficción.
No termino de encontrar respuesta y se me acumulan más preguntas. ¿Hasta dónde pues, los encargados de las plumas, han sido capaces de imitar su realidad con el fin de reflejar los problemas de su entorno?, y si acaso esto ha sido cierto, ¿qué efecto habrán logrado en la sociedad? No lo sé con exactitud. Pero de lo que me he dado cuenta es de los esfuerzos históricos realizados por ciertos personajes al difundir por encima de todo su pensamiento.
Inherente al ser humano ha sido la necesidad de comunicar. Primero hablando y siglos después escribiendo. Pinturas, panfletos y almanaques; libros, periódicos y revistas. Hoy se pueden difundir, relativamente fácil, y gracias a la tecnología, mayor cantidad de documentos y obras.
Iniciativa hecha realidad, digna de reconocimiento y encarrilada por los mismos rieles es Transmigración, la nueva revista digital, medio electrónico abierto a la divulgación comunicativa de actualidad. Hago pues, un enorme esfuerzo por ensayar algunas opiniones e ideas aquí, en este espacio, con miras a invitar a la sana reflexión y en abono de un terreno para vivir mejor.
No me di cuenta en qué momento mi librería predilecta se inundó de violenta literatura y así se fueron disminuyendo los estantes de poesía, teatro, ensayo y cuento. En qué momento se empezó a joder todo, —cárteles, sicarios, ladrones, secuestros, violaciones, muerte—, y se llenó de portadas de fondo negro como las fosas; letras rojas como la sangre. Redacciones de escándalos políticos, apiladas en decenas de torres, a la espera de ocupar un espacio en el anaquel.
Una sociedad fracturada e inculta repleta de jóvenes idealistas con nubladas utopías crece. Huele a podrido. La tumefacción purulenta se acrecienta en el hígado de nuestra nación. El ideal patriótico, estandarte ancestral, se desvanece pausada y violentamente. Muere gente buena, la buscadora del bien común; periodistas, luchadores sociales, personas comunes y corrientes. Pero hasta cuándo. Hoy esa gangrena ha llegado a las inalcanzables esferas; potentados, dirigentes, altos funcionarios, empresarios. Estos últimos grupos tienen la opción de huir, de refugiarse en otro país, ¿y los demás? Abandonados a su suerte. Que Dios los ayude. Aquí, la escapatoria es fácil, las alternativas mediocres y los negocios peligrosos pero redituables. El sueño de ser médico, astronauta, bombero o ingeniero ha sido sepultado, palada tras palada. Hoy priva satisfacer el hambre física.
Dice el actual Nobel de Literatura que entre los latinoamericanos se desborda todavía, energía creativa. Somos buenos creadores, hacemos poesía, pintamos cuadros y creamos música. Rebosamos ingenio. ¡Larga vida a la imaginación de la América Latina! En su mismo artículo, refiere que igual de buenos somos para infringir, claro, en pos de una vida ideal. Señala que estamos acostumbrados a violentar las normas, para lograr insustanciales objetivos. Así somos, genéticamente, insinúa Vargas Llosa, y quién sabe si cambiemos. Dejados e ignorantes, repudiamos los beneficios de una internacionalización económica. Globalización, en sus palabras. Eso sí, como nosotros para organizar y disfrutar de guateques o carnavales, pocos. El Nobel cita, al referirse a nuestro comportamiento, las primeras líneas del manifiesto del poeta peruano Augusto Lunel, “Estamos contra todas las leyes, empezando por la ley de gravedad”.[1]
Aseveración veraz o dolorosa realidad latente. Cuestión de enfoque. Algo de razón habrá. De lo que podemos opinar es del espíritu que antaño nos pobló y hoy agoniza. La cosmovisión de nuestro pueblo se ve borrosa. Nos metemos zancadillas. Nos empujamos y caemos; nos chingamos unos a otros. Hundimos al amigo jalándolo hacia abajo, a nuestra costa. Dejamos el terreno listo para que el audaz vivales sin escrúpulos, el hambriento de poder, siembre y coseche más corrupción. Nos despreciamos. Nos aborrecemos y segregamos. No veo el día en que logremos convivir con tolerancia entre los pueblos que conforman nuestro suelo.
No sé si se mejoren las cosas. Por el momento, para alimentar la apatía de indolentes y egoístas, hay suficiente televisión. Vano entretenimiento, pésimo contenido, ociosa y deprimente distracción atiborrada de terror.
Las librerías seguirán desoladas, acudirán a ellas los curiosos con dinero suficiente para adquirir una crónica devastadora, un morboso relato, una ficción cuyo reflejo es la proterva realidad. La educación, médula de la civilización, seguirá defectuosa, distante. Futuro infértil, desconfianza creciente y anhelos extraviados en un dédalo sin salida.
Oiga señor, dónde estarán entonces los encargados de la Dirección General, ¿son ellos o no, los responsables de guiar al rebaño? Deberían serlo. No están aquí. Se encuentran apartados bebiendo algún coctel en paradisiaco destino. Lejos. Sordos y ciegos voluntarios a las persistentes manifestaciones y aclamaciones de la terca sociedad.
Hasta dónde seremos capaces de soportar. Hasta dónde de llegar.
Recién se publicó en El País: “la ola de violencia lanzada por el crimen organizado mexicano desde el 1 de diciembre de 2006 ha dejado alrededor de 30.000 muertos”[2]. Desde cuándo nos volvimos insensibles. Esa ola de que se habla en el extranjero, está formada, ni más ni menos que por nosotros, vecinos, amigos, familias, hermanos. Infames intereses nos orillan a pelear; dinero, reconocimiento, aceptación, oportunidad, poder. Esto nos hunde más en el pantano de la barbarie. Nada es eterno. No sé cuándo, pero algún día terminará. Y dejaremos de escondernos, y regresaremos a los parques, y eliminaremos las cinco chapas de seguridad para entrar a un hogar seguro.
El tema económico es primordial, don Mario dice que “La apertura de las fronteras sólo es perjudicial a los países donde los sistemas autoritarios se sirven de ella para multiplicar la corrupción, y donde la falta de leyes justas y de libertad de crítica permiten a menudo esas alianzas mafiosas entre corporaciones y delincuentes políticos”.[3] Por otro lado afirma que sin la globalización estaremos destinados al fracaso, pues esta, no siendo ni buena ni mala, ha llegado para no irse. Tiene razón, Josea tiene razón, tú tienes razón, todos, de un modo u otro, tenemos algo de razón.
Me vuelvo a preguntar en qué momento se vino a desplomar todo. ¿Cuál puede ser la solución al padecimiento de la decadencia espiritual generalizada, cuando vivimos la peor depresión emocional colectiva de nuestra época? No hay respuestas. No hay soluciones. Esperar. Solamente esperar.
En buen lio me he trabado, divago en este embrollo amurallado para intentar inútilmente dilucidar las mismas preguntas que todos nos hacemos y que posiblemente no logremos contestar.
Termina la primera década del siglo XXI, año de conmemoraciones: doscientos años del inicio de una independencia enmascarada, y cien años de una revolución que no debió haber terminado. ¿Cree usted que puede haber alguna esperanza?
Observe ahí, justo ahí dentro, del lado izquierdo de su pecho. Sí, ahí. Se alcanza a ver un rescoldo entre las cenizas. Una ínfima luz aguerrida que se aferra y aluza un porvenir incierto, pero porvenir al fin.
En sus manos, en las mías y en las de todos está llegar allá ilesos. No hay que escarbar muy profundo para darnos cuenta que la solución es voluntad, añoranza. Puro instinto de supervivencia.
El cambio real y verdadero está en nuestras manos, lo sabemos. Lo hemos sabido siempre.


 



[1] Vargas Llosa, M. (3 de febrero de 2001). ¡Abajo la ley de gravedad! Recuperado el 19 de noviembre de 2010, de El país: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Abajo/ley/gravedad/elpepiopi/20010203elpepiopi_7/Tes
[2] El País, E. (22 de noviembre de 2010). Asesinado un ex gobernador en México. Recuperado el 22 de noviembre de 2010, de El país: http://www.elpais.com/articulo/internacional/Asesinado/ex/gobernador/Mexico/elpepuint/20101122elpepuint_3/Tes
[3] Vargas Llosa, M. (3 de febrero de 2001). ¡Abajo la ley de gravedad! Recuperado el 19 de noviembre de 2010, de El país: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Abajo/ley/gravedad/elpepiopi/20010203elpepiopi_7/Tes


 Publicado en Transmigración, la nueva revista digital. Número especial diciembre-enero.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy agradable de hecho probablemente voy a descargarlo. Gracias