sábado, 8 de noviembre de 2008

Cómo deshacerse de los conejitos.

Preámbulo a las instrucciones.[1]

I

La penúltima noche que vi a Julio, hubo contacto, no físico sino contacto tipo atadura, —igual que sucede cuando andas por ahí nada más pensando en la fuga del baño cuya gotera te impide a veces conciliar el sueño o si será tinto o blanco para la cena del viernes—, y en cualquier pasillo de cualquier institución de pronto sientes el tibio soplo de la mirada en tu nuca, mirada simple, sencilla, y volteas inquieto, entonces sabes todo de esa persona al verle las pupilas encendidas, sus ojos animados; en ese infinito y fugaz desahogo, sabe tus mañas y tu sus mentiras, y él o ella y tú y todos parpadean y en ese parpadeo se piensan y recuerdan y olvidan y al abrir de nuevo sus ojos se despiden discretamente. Eso pasa siempre y esa noche así ocurrió; aunque también charlamos un poco y chocamos al final las manos; saludo de cuates. Salimos a dar un paseo por el patio, alrededor de la fuente seca; hace tanto que no corre agua. Y le pregunté, por qué no habías venido. Por el trabajo respondió. Dímelo a mí; no he visto a mamá en temporadas, y encendí los faros del fondo para no tropezar con los adoquines. Pero al fin regresé; vengo por el encargo de la última vez. Aquí lo tengo; no sé si será de tu agrado. Yo sí lo sé. Y le di la hoja. Gracias me la llevo. Y qué hago con los conejos, acaso… Ya lo sabías; haz lo que puedas; yo lo hice. Pero no lo sé; y ya se avecinan. Tómalos de las orejas, y tíralos por la baranda o échalos a la fuente o no les abras el portón si acaso tocan o véndelos a un irrisorio precio. Nunca los vi pero sé cómo son y ya siento miedo. Iguales todos, cómo han de ser, lo único diferente es el color o pelaje o tamaño o consistencia blanda y áspera. Pero los conozco; regresarán en grupos o aislados dispuestos a… Las instrucciones son precisas no te confundas. Lo sé de sobra y aún tengo miedo. No hay por qué, ya te acostumbrarás, con suerte lo superas. Entonces ¿deberé llenar la pileta de la fuente y echar dos metros más a la barda? Valóralo y en la próxima comentamos. Para eso no tengo aliento. Uno debe enfrentar y resolver estas cosas solo; nadie puede hacer algo al respecto. Tú sabes cómo, ayúdame, o de lo contrario… Lo siento, ya nada se puede hacer; los escucho.
No hubo próxima; sintió terror; leyó la hoja; se le dibujó una sonrisa nerviosa. No temas pasará pronto y de algún modo podrías ser feliz, yo me regreso y chocaron las palmas; saludo de cuates. Y se escapó. Y Julio no halló más remedio que sentarse a esperar a la orilla de la fuente.

II

Vas caminando por la acera de enfrente, tomas hoy el semanario sepia, sustraes la sección C en vez de la F, repasas la cartelera de cine no de teatro, hoy es dos por uno, te salivas el índice, checas las ofertas, das la moneda, actuará Nicholson y caminas, hojeas, caminas y hojeas, y regresas pronto a tu acera y en la antepenúltima página entre las tiras y la culinaria reseña, ves las instrucciones.

III

Instrucciones para leer a Cortázar[2].

Ubíquese en una planicie revestida de verdes posibles. En aquel lugar de proporciones infinitas, trace en medio una figura geométrica con cuatro, cinco o más esquinas —según su humor— y cuyos ángulos serán iguales. Procure las estrellas. Coloque un camastro acojinado medianamente cómodo, en uno de los ángulos externos; en la esquina imperfecta que usted elija, pero por fuera. Respire profundo y escupa lo inane. Acomodado, con una de sus manos acaricie el herbazal, sienta el sinople y el añil, el arrebol y el jalde, cuidando no dañar el arco iris. Haga un hoyo profundísimo y deje el resto a la gravedad. Fúndase en el centro y salga por el otro lado caminando con uno de gamuza y otro de caucho. En aquel lugar, que es el mismo, colóquese nuevamente en su asiento y, de un solo impulso, vuele lo más alto posible en línea recta, pero no tanto. Respire una nube antes que sea inficionada. Si le agrada el aire espere, luego regrese. Al comenzar el tornado relájese. No tiemble. Observe la luna y el sol. Libe su predilecta y vomite. En la laguna contigua, justo al lado de la fogata, baile diez segundos, apague la tele y llore mil lágrimas, échese a reír hasta que le duela el estómago y los nudos de la garganta se disuelvan. Si le da tiempo coma verduras, si no, un pedazo de vaca o pollo o un pez. Ahora, con o sin sentimientos, encontrados o perdidos, tome su libro y comience a leer y aunque entienda todo, siga leyendo y leyendo y si quiere tómese otro placebo.

[1] 1. Para interpretar será forzoso leer y releer y comprender, Carta a una señorita en París, de Bestiario; de Julio Cortázar, identificar cada uno de los conejitos e intentar al menos desprenderse de los propios.
[2] 2. Alvarado, Víctor. “In memoriam: Instrucciones para leer a Cortázar”. Publicarte la Revista, sep. 2004: 16

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