sábado, 16 de agosto de 2008

El otro día en el espejo.

El otro día, al atardecer, atravesando por el pasillo de entre la recamara de las muchachas y la principal, volteé y miré de frente al tipo del espejo, en esta ocasión me atreví y le pregunté si me dejaría ser escritor. Viendo fijamente mis cristalizados ojos, comenzó a carcajearse, se burló.  Enojado, fui por otra botella de merlot y la bebí efusivamente, tomé otra y repetí la acción dos veces. Regresé y pregunté de nuevo, la respuesta no cambió, el tipo del espejo se echó a reír y se burló nuevamente. Fui al estante, no habiendo más vino, me conformé con un horripilante güisqui americano; le di curso al llamado de la sed. No supe lo sucedido desde ese helado y nublado atardecer, hasta la madrugada en que desperté con Penny Lane en voz de Bowie, a punto de la hipotermia. Al voltear, el tipo del espejo me esperaba. Me miró y sentí escalofrío, no supe si de miedo. A pesar de ello, me aventuré preguntar una vez más; con cierto respeto y un toque de sutileza; ¿Me dejas ser escritor? El tipo sacudió la mano con desdén, se quitó la baba reseca de las comisuras y dijo gritando y desinteresado: ¡cómo quieras! y se volteó. Entonces, superando la intensa resaca y tiritando ya de regocijo, agarré fuerte la pluma y ya no la solté.

Víctor Alvarado.
julio, 2008.

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