sábado, 6 de abril de 2013

Cinco líneas


Cinco líneas

Con éste, es el quinto intento de escribir unas buenas líneas, dame dos o tres minutos y tal vez lo logre.
          No sé cómo, cariño. Tal vez intentando el gastado truco de imaginarme caballero y estar con tantas mujeres en quiénes inspirarme y traer a una de ellas a mi rinconcito y esperar el golpe de las olas del pensamiento y los inquietos deseos que afloran para, de repente, como súbita erupción, explotar en cientos y miles de chispas plagadas de sueños pastel sobre el lienzo no amarillo de la espera, sino blanco de esperanza, súperblanco; como si fuese a escribir música. Como era antes, cuando escribía memorablemente todo.
Sin título
GeraldineSwayne
          Ahora, querido, nada se me ocurre, ¿qué debo hacer? Estoy sola, excitada y me siento incom- prendida, inepta. Llevo la sangre inquieta, la hume- dad hirviente y sin ápice de creati- vidad. Incapaz de darme placer como lo hacen mis amigas, como lo hacen todas. ¿Tendré    que llamar al hombre de la otra noche para salir de nuevo, y fingir que fui atraída complacidamente hacia el paraíso, y sólo llegué de rodillas a la alfombra sucia de un cuarto naranja como pulquería,  y  con  asco  alcancé a escupir lo pútrido de mi memoria, lo  dulce y amargo       —delicia repugnante—, y entonces, huir desesperada al mismo cuarto naranja como pulquería, e hincada en la misma alfombra pringosa, sollozar encolerizada y ahogarme en tardíos rencores para sacarlos del fondo de mis entrañas, con lo que yo hubiese querido fuera agua bendita?
          No, porque nunca se salió. Con nada se salió. Se quedó conmigo el muy galante, el muy hermoso se quedó. El hombre tan perfecto se quedó, con sus raíces moralmente ideales se quedó. Y para qué, si no pude ni rasguear una letra.
           No era tan señor, lo digo con honestidad, sino un joven al que con artimañas mentí, lo obligué a hacerme suya, lo seduje tramposamente con falsas esperanzas. Le  exigí  inyectarme  esa  fuerza  necesaria, —ardiente pócima—, para cargar por fin mi lápiz con un ingenio bastardo, y arrastrar los surcos de una creatividad ausente, enterrada antes que nacida, ida, desmembrada. Y de nada sirvió.
          No es bueno llorar, darling. Lo sé, es tiempo de ser feliz y de gozar.
          ¿Será posible acaso, valerse de tretas para hallar inspiración tras el opaco velo del placer etéreo? No es posible. No.
          Lo mejor será zambullirme en el escusado de mis recuerdos, jalar la palanca del desengaño y de una vez por todas olvidarme de este cuaderno sin futuro, de estas hojas virginales que para nada servirán; se las daré al que pase primero y me haga sentir de nuevo la mujer más grande y delicada, y me dé la oportunidad de arrastrarle finamente, con esta pluma vacía, dos o tres renglones en el pecho.
          Palabras coherentes, sumamente coherentes. Sólo dos o tres, o cinco renglones. ¡Cinco líneas! ¿Es mucho pedir?, ¿alguien se atreve?, ¡te reto!, ¿te interesa?
          Deseo deslizar la tiza en el instante preciso, en el justo espasmo, en la contracción efímera, en ese relámpago se alcanzan las ideas, —penetración forzada, apasionante sumisión perpetua, excitación incontrolable— ¿o no? Sí, estoy segura, en esos intervalos tan cortos y largos, y cortos y largos otra vez, espeluznantes e increíbles, alucinantes y dolorosos, inacabables, deleitables, breves y fortuitos, ahí, ahí se logran las ideas. Sólo ahí.
          Ven, acuéstate, espera un poco. Ahora vuelvo. Iré a mi refugio y volveré lista para ti. Mientras, piensa como me llevarás allá, tan lejos, sin tren bala ni nave espacial; recuerda que en estos mareo y tiendo a devolver.
          No te vayas, ahora vuelvo. Traeré algo que sé, te gustará. Mientras, escucha esa música de mis adentros, esa suave y purulenta de violines tristes. Y por favor no te muevas, ahora vuelvo con algo seguramente irresistible para ti; transparente y color rosa. En lo que vengo, ve recordando ese lugar de nubes y espejos prometidos, lleno de pozos sin fondo donde puedo defecar lo que me da dolor de una vez para jamás sentirlo.
          ¿Estás listo, vida eterna? ¿Puedes escuchar? ¡Agita la batuta y dale fuerte! ¡Qué se sienta un cambio por fin!, y los tambores, ¡tráelos y retúmbalos hasta mis tímpanos! ¡Adecéntame, friégame!
          Ayúdame, déjame estar alrededor tuyo y tomarte, sacaré de ti esas ganas de comerme. Permíteme fluir en la espontánea libertad, en la idea más esperada, en la tinta negra de mi vida, en la oquedad resanada de mi alma.
          Espera un minuto, no te muevas, aguanta unos segundos, creo que por fin se me ha ocurrido algo, espera, espera, no te detengas, ni te vayas, me vendré pronto en lo que escribes cinco líneas para mí.
          Te suplico un "Ya no te odiaré", un "Regresa cuando quieras", tal vez un "A veces te deseo", un "Una vez me acorde de ti" o un "Algún día lo sabrás", cualquier frase, te ruego.
          Cinco líneas dame, sólo cinco, cinco líneas escríbeme, te las cambio dolorosamente y por lo que más quiero.


*Jesús Hidalgo cooperó con cinco versos y diez billetes para Julia Eliza.

Víctor Alavarado.

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Esta colaboración fue publicada en el Blog literario 
Sombra del Aire

Puede leerse en la siguiente liga:

domingo, 24 de marzo de 2013

Mi amigo Pac


 Creo que Pac duda de nuestra amistad. Ayer por la noche llegó un poco agitado, se acercó y me pidió, como siempre, unas monedas. Me preguntó si era verdad que nuestra amistad duraría para siempre. Le dije sí, y levanté los hombros.

Club SubmissionFotografía de Jonay.
Yo no sé qué le pasa, ahora que estamos sentados frente a frente, está muy raro. Hace muchos años no platicamos.

Cuando de noche llego a casa, lo veo parado en la misma esquina, sople y sople humo, con su pepsi de vidrio y el mismo viejo panamá acartonado que usa desde la adolescencia; él me observa y levanta la ceja, tira la colilla y la aplasta. Yo, de reojo, mientras abro el portón, le respondo con un gesto; sea como sea, sigue siendo mi amigo.

Oye Vic, tu no eras tan malo conmigo ¡eh! Por favor obedece, ¿ok? Me dice Pac un poco alterado, y con su manaza rebana el aire y palmea la mesa con una fuerza contundente. ¡Plas! Y luego, como si le hubieran contado un chiste, echa dos o tres carcajadas sordas.

Asiento con la cabeza, acongojado, incómodo y con unas terribles ganas de limpiarme el sudor de la frente. Intento entonces calmar mis ansias.

Pac era un joven amable y dócil de carácter. Cualquier cosa le pedías y él, de inmediato la conseguía, cumplía con las órdenes que le dabas. ¡Órale mugroso, ve a cortar unos higos o si no te madreo! Y ya iba sin pensarlo. La verdad, a veces me da mucha lástima.

Ves todo esto Vic, lo usaré, ni más ni menos que para hacerte con mis propias manos un obsequio; verás cómo lo disfrutamos.

Antes de poner el bolso de cuero sobre la mesa, Pac saca un mantel blanquísimo, lo estira bien, y ahí veo como meticulosamente dispone sus instrumentos y algunos materiales.

Nunca supe por qué le llamaban Pac. Así le decían en la primaria. En su casa le gritaban pinche Pacman. No sé si se llama Francisco y a veces le dicen Paco. Una señora lo persiguió un día y le gritó maldito Paquín. Cuando se juntó con nosotros ya le decían así.

Vic, Vic, veme, no te duermas, dice Pac irritado, y truena los dedos en mi rostro. Haremos esta chamba lo más rápido posible ¿Sí? Ahora calma. Y me limpia el sudor y los mocos con su pañuelo impecable de lavanda. Y yo, no le puedo responder.

Mostrenco Pac, era un chamaco como cualquier otro, se las ingeniaba para traer las tortillas sin dinero. Las primeras veces ahí estaba el pobrecito pidiendo de peso en peso afuera de la tortillería, humillándose para complacernos, hasta que juntaba para el kilo. A veces, después de comer, na’más por fregar, lo regresábamos por otro kilo. Ese Pac, qué buen tipo era.

No me mires así Vic, sólo quiero seguir la charla, dice Pac, mientras con unas tijeras de pollero recorta unos retazos cuadrados de tela negra. ¿Te acuerdas de Julieta?, era una chamaca linda; yo te iba a esperar a la salida de la secundaria. Sabes, en realidad era a ella a quien esperaba. Siempre la mandaban bañadita y con sus listones en el pelo; olía bien rico. Pero ella a mí nunca me iba a hacer caso, sería quizá porque soy muy bruto y ya no quise ir a la escuela. En cambio a ti, Vic…

El día que lo conocí, yo estaba jugando con mis primos en la callejuela del roble —así se llamaba ese lugar, en el piso había un tronco gigante tirado, donde nos subíamos los niños para jugar y lanzar piedras al baldío—. Él llegó muy triste. En ese entonces, era un escuincle bajito y muy flaco. Traía puesta una cachucha rosada, un short de mezclilla y toda la cara chorreada. Llevaba un bote grande lleno de canicas de todos los tamaños y colores. Qué desafortunado Pac, ese mismo día, en una partida de cocol, el inocente perdió todas sus canicas con nosotros, ¡ja! Pac era muy torpe para eso de los juegos y las apuestas.

Tú eres mi único amigo Vic, los otros cuates eran bien ojetes. Por eso vine a darte las gracias, hermano, y a decirte que no hay rencores. Tranquilo amigo, tranquilo. Me dice Pac. Me acaricia la nuca, y se me nubla un poco la vista.

Conforme creció, el condenado Pac se hizo muy mañoso. ¡Me da vergüenza pedir dinero!, decía siempre como pretexto. Como fuera, hallaba la manera de merodear los negocios y traer los mandados, incluso de su propia casa, por eso lo corrían a cada rato, y siempre andaba de vago. Si no nos traía los encargos, a veces lo agarrábamos a puras patadas, por pendejo.

Y no es que estuviéramos necesitados, en realidad él era el único jodido, sólo lo hacíamos para mantenerlo ocupado y lejos de nosotros. Pac, era, cómo decirlo, un poco sangregorda, y casi nadie lo aguantaba. Pero para eso de obedecer, sí era bueno. Cortaba el pasto, barría la calle y hasta lavaba tu auto gratis; a cambio, podía estar cerca del grupo.

¿Te acuerdas de la abuela Vic?, pregunta Pac, mientras enhebra otro cáñamo negro. Como se la pasaba todo el día, parriba y pabajo, cocinando las galletas que luego casi nadie quería comprar, mientras, el abuelito andaba de teporocho en la pulcata. ¡Ja ja ja! Pinche viejito jijo. Dios lo bendiga.

Ah, pero sabes en lo que más pienso —dice Pac, mientras une, puntada tras puntada, las piezas de tela negra—, en la ocasión en que me hiciste el paro con la chota. No sabía qué hacer ni dónde esconderme; traía la fusca calientita. Tú me hiciste el favor de guardarla para que no me entambaran tantos años. Eso sí fue un acto de hermandad, lo reconozco.

Ya sabes, cómo de un momento a otro todo se puede ir a la mierda; y eso pasa por no saber seguir al pie de la letra las indicaciones, Vic. ¿Cuántas veces me lo explicaste, cuántas? ¡Por Dios! Y yo tan imbécil que no supe cómo.

En fin, amigo. Esos añitos pasaron bien pronto. No es tan mala la experiencia del encierro. Allá en la cueva comes todos los días y te haces de camaradas. Y ya ves, en efecto, la vida siguió y siguió, Vic, tal como lo prometiste. Siempre has de tener la razón.

Ahora entiendo a Pac, siempre fue de buen corazón. A pesar de sus limitaciones estuvo conmigo en las buenas y en las malas. Nunca rajó. Además de sumiso y noble, debo reconocer su atrevimiento; esa mirada famélica es el mejor ejemplo.

¡Ya casi sale el sol, ya mero te veré! ¡Ya pronto brillarán, los rayos en tu piel! La lará lará, la lará lará. Canturrea Pac, contento. Y a mí se me sale una lágrima.

Por favor deja de moverte, amigo, porque te vas a lastimar. Esto ya se acaba, ya casi termino la bolsita. Mira, que chulada. Se levanta, se asoma por la ventana. A estas horas, es muy peligroso andar afuera, me dice Pac y regresa muy sereno a su lugar.

¡Oh, Dios mío! Ni la fuerza ni la astucia. Nada. Ningún hombre debe someterse a tal acto de vileza. Pobre Pac. Pobre de mí. Sólo el miedo será nuestro testigo. Qué será de nosotros.

Qué bonita está quedando, ¿ves? La hice así para ti, tan suave y tersa, para que no te raspe; mi abuela me enseñó, mira bien, todas las costuras están ocultas. Siempre había tenido las ganas de hacerte una, pero la verdad, hasta hoy me atreví. Es cuestión de dar el paso, así nomás de sencillo, pero el miedo, a veces no te deja.

Lo mejor de todo es que mañana nada de esto será recordado, mano, me voy a ir a las montañas, a iniciar mi nueva vida en una choza que está rete bonita, tiene una chimenea, y sus recamaras están alfombradas, hay una terraza llena de plantas donde puedes leer tus libros favoritos, pero lo mejor de todo, Vic, es que hay un chingo de vacas y caballos, ya sabes, a mí me encanta la naturaleza y los animales.

Entre los amigos no debe haber secretos ni rencores, y mucho menos debe existir la venganza, susurra Pac, directamente en mi nariz, con su aliento podrido de cigarrillos.

De aquí, mi hermano, a nadie voy a extrañar tanto como a ti, en serio. Mi querido Vic. Nos vemos pronto, recuerda, sin rencores ¡eh!, siempre seremos amigos, hasta la muerte.

Pac, atravesó por última vez con la aguja el dobladillo del terciopelo negro, remató el hilacho, y con sus manos y toda su fuerza, trono la hebra.

Aquel saco precioso de terciopelo negro, tenía el tamaño perfecto para cubrir por completo la cabeza de su amigo.

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Cuento publicado en el Blog Bitácora Fútil.

jueves, 13 de octubre de 2011

APRENDA A HABLAR Y ESCRIBIR EN SU IDIOMA: MEXICANO*



 
Texto de Felipe Pimentel Pérez

No se sabe con certeza cuando el hombre empezó a hablar y escribir. La escritura más antigua data aproximadamente del año 4000 A.C., es milenaria y complicada la historia de los idiomas. Abundantes son los textos que indican la evolución de las lenguas. De los idiomas que presentaban características comunes –hace mucho tiempo– se conformó un tronco denominado, indoeuropeo. Por ejemplo: del baltoeslavo se deriva el ruso; del indoiranio surge el persa; el griego viene directo de las lenguas indoeuropeas; del germánico común, surge el alemán, el inglés, el flamenco, el danés; y para el caso que aquí nos ocupa, del itálico nace el latín y de éste último se derivan el italiano, el francés, el gallego, el portugués, el catalán y el español. En los territorios dominados por el Imperio Romano, se estableció el latín y sus ramificaciones: latín clásico, latín culto o literario y latín vulgar, comúnmente llamadas lenguas romances. Se dice que el idioma que se habla en España principalmente es el latín vulgar. Recordemos que España fue provincia romana en el año 197 antes de J.C. y se concluye que sin el latín, el idioma llamado español no existiría. Es así que nadie debe sentirse autor o propietario original de las letras y las palabras. Las invasiones de unos pueblos contra otros han generado una interesante fusión de voces.

En el caso de nuestra nación, el hablar y escribir de los mexicanos es único.

Al escuchar hablar a un mexicano auténtico no hay manera de confundirlo, ya sea con un japonés, con un argentino, con un francés, incluso con un español.

Las palabras mexicanas habladas y escritas tienen sello peculiar, timbre, acento, ritmo, claridad, contundencia, belleza, precisión, y demás características inigualables del idioma mexicano.

La palabra es como la huella digital: sólo hay una. Sólo quienes no se identifican con su idioma imitan el habla de otros. Algunos mexicanos ignorantes de su propio idioma cumplen el principio de “candiles de la calle oscuridad de su casa”. Apenas visitan otro país un rato, y se les pega el acento ajeno; mayor ridículo no hay. Imagínese a un león, tratando de cacarear como un gallo; o un puerco intentar maullar como un gatito; llama a pena y risa.

Una cosa es ser políglota o estudioso de uno o varios idiomas y otra es no intentar hablar correctamente su propio idioma y, de paso, desgraciar el habla o escritura de otro.

En el año 1821, México recuperó su vida independiente. Corrimos a los europeos saqueadores y a quienes por cierto nunca se les solicitó nos enseñaran los idiomas que mal hablaban. La peor manera de robarle su identidad al hombre es robándole su palabra, su forma de expresión. Cada vez que a usted, como mexicano, le pregunten: ¿Cuál es el idioma que habla y escribe?, usted debe contestar: yo hablo mexicano, idioma mexicano. En otra ocasión analizaremos la importancia de rescatar y difundir tantas y tantas lenguas que hablaban y hablan, nuestros antepasados y nuestros actuales hermanos mexicanos. Debe quedar claro, no existe el título de propiedad sobre el idioma español. Español hablan los españoles; Italiano hablan los italianos; Francés hablan los franceses; Japonés hablan los japoneses; Ruso hablan los rusos.

Y a usted, a partir este escrito, que no le genere duda: los mexicanos hablamos mexicano. ¿O en el marco de nuestra soberanía, quién se arroga la facultad de negarlo? ¿Quién se pronuncia en contra de este legítimo derecho? ¿Preguntémonos: pretenderán hacerlo quienes infructuosamente nos han invadido? Los mexicanos no tenemos la mínima obligación de que nuestras palabras sean o no aceptadas por la Real Academia de la Lengua Española. Nuestra cultura es cierta y soberana. Es como si a los chinos les pretendiese regular su idioma la Real Academia de la Lengua Francesa ¡por favor señores!

Por otro lado, los mexicanos no estamos obligados a proclamar a los cuatro vientos que El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, es la máxima obra de la literatura castellana, española, o como se diga. Reiteremos nuestro respeto a las obras literarias ajenas, una cosa es el respeto y otra distinta la sumisión ciega a sofismas. Si algo le sobra a México son obras literarias excelentes y escritores universales. Demos la espalda al malinchismo literario.

Dejemos este asunto en manos del Congreso de la Unión, hasta que agregue, con la votación unánime de todos sus integrantes, en el Artículo Tercero Constitucional, las siguientes expresiones:

El idioma que hablan y escriben los mexicanos se denomina: Idioma Mexicano.
El idioma oficial de los Estados Unidos Mexicanos, es el Idioma Mexicano.

Todos los gobernantes de México, durante el tiempo de su encargo y durante sus visitas oficiales al extranjero, están obligados a hablar y escribir en Idioma Mexicano.

La educación que imparta el Estado será en Idioma Mexicano.

En un libro que escribí hace años, propuse que en el ámbito de la Secretaría de Educación Pública, se creara el Instituto para el Mejoramiento del Idioma y la Comunicación. Insistiremos en este tema hasta lograr el resultado esperado. Recuerde que Publicarte genera esta iniciativa. Fotocopie este artículo y distribúyalo con sus amistades. No se malinterpreten estos renglones a los que no les asiste el mínimo resentimiento con las letras españolas; simple y sencillamente los mexicanos tenemos pleno e inalienable derecho a hablar nuestro propio idioma. Punto.


*Revista Publicarte, marzo 2006.

jueves, 1 de septiembre de 2011

A Lila Downs. (Palíndromo)

 
A Lila.

Ama a Lila. Es ola, día,
sea la poeta y odas o rimas.
¿O metemos a mi Rosa?
Doy ateo pa’la esa ida.
¡Lo sé! A Lila, ama a Lila.

viernes, 6 de mayo de 2011

Ráfagas, parpadeos: Especial: 39 de 39


 Una simple pregunta - Víctor Alvarado

El niño muy preocupado fue a preguntar al anciano:
–¿Qué pasaría si de repente, al pez le salieran alas?
El anciano, tronando un maní con el último diente respondió:
–Seguro se iría volando. Hasta el fondo del mar. Seguro.


Ráfagas, parpadeos: Especial: 39 de 39:

viernes, 4 de febrero de 2011

Cuestión de supervivencia.

I. Asociación Civil AC

Es Sociólogo. Cursó en el extranjero la Maestría en Etnometodología. A su regreso trabajó en una institución privada dedicada al cuidado de los ecosistemas. Hoy estudia Historia del Arte en la Universidad Nacional e imparte, desde hace tres años, las cátedras de Sociedad y Cultura, y de Política y Gobierno, en la Universidad del Estado. Su vida, en apariencia, ha transcurrido relajada, fuera del estrés y las constantes presiones escolares. No se ha casado pero ha tenido, al menos en la última década, una docena de novias. La herencia de su familia paterna le ha permitido conocer gran parte del mundo. Hace pocos meses, durante un viaje de investigación a la Habana, conoció a Yolanda. Todo indica que será padre, no habla mucho al respecto pero su rostro refleja una emoción infinita. Cuando iba a cumplir los ocho su padre falleció a consecuencia de una enfermedad crónica. Su madre desapareció a los tres días de haberlo dado a luz y nunca se supo de ella. Desde entonces lo cuidó la abuela Elvira. Se debe tener un carácter fuerte para vivir y sobrellevar las pérdidas y aún superarlas. Uno de sus más grandes proyectos desde pequeño fue construir un enorme asilo para mascotas heridas o abandonadas. Por cualquier lugar donde anduviera recogía perros o gatos para conseguirles un hogar. Aquí en su país ha colaborado en la gestión de apoyos financieros gubernamentales para sectores de algunas regiones marginadas. Recuerdo la primera asociación civil a la que perteneció, defendía la vida de las Claudius angustatus, (especie de tortuga que vive en zonas de fondos lodosos y de aguas poco profundas), cuyo hábitat se veía amenazado por la construcción de pozos petroleros. Otra asociación a la que pertenece desde entonces se dedica al manejo sostenible de recursos naturales y mejoras en la calidad de vida de las comunidades y ejidos indígenas. Divide su vida entre el activismo y la academia. Preside tres organizaciones sin fines de lucro, defensoras de nobles causas, y además es integrante de docenas más. Es vegetariano, nunca consume alimentos derivados de los animales ni probados en ellos. Adora las mascotas y participa cuando puede en cualquier tipo de manifestación en contra de la crueldad animal. Año tras año recibe millones en donativos, públicos y privados, gran parte de estos son destinados al pago del personal involucrado.

II. Matadero.

Su trabajo ha sido semejante al de casi todos, salvo algunas variantes. Levantarse antes de las cuatro. Ducha tibia. Desayuno rápido. Transporte atiborrado. Cuarenta minutos, dieciocho semáforos. Dos cuadras. Checar tarjeta. Uniforme; cofia, mandil, botas antiderrapantes, guantes de látex; todo blanco, pulcro. En el trayecto piensa en la familia. Alicia espera el tercer bebé. Lo llamarán, si Dios quiere, dicen, Miguel o Ángela. Juanito entró a secundaria. María está en último de preescolar. Los peques requieren cuidados y buena alimentación. El salario no está del todo mal, pagan a destajo, por comisión, y triples las horas extras. Se descansa un día por semana. Uno de sus sueños es poder administrar el matadero y después iniciar su propio negocio de distribución. La inversión no es mayúscula pero los trámites y requisitos sacarían de quicio al más paciente. Su esposa es chef profesional experta en repostería; cocina y vende exquisitos pasteles y galletas, además cuida a los niños y mantiene la casa impecable; es una mujer extraordinaria; sueña también con su propia pastelería gourmet. A este ritmo y ahorrando un poco, podrían empezar en tres o cuatro años. Primero los pasteles, luego lo suyo. Cuando se planea un negocio, dice, debe ser de la rama alimenticia; siempre han resultado de los más redituables. Su padre y su abuelo iniciaron la compañía. Su papá piensa pronto retirarse y el abuelo se dedica a consentir nietos. Disfruta su trabajo, lo une a la familia y le ha dado grandes satisfacciones. Tuvo sus momentos difíciles pero hoy no es tan complicado. Para ascender en el matadero debes ser constante, responsable y paciente. De la empresa dependen millares de familias. Recuerda sus primeros días, le gustaba recibir a los animales, había un gran rancho. Su madre le gritaba escuincle atrevido. La verdad es que siempre tuvo un poco de miedo. En la escuela le decían hijo de matapuercos, al principio le molestaba. Uno debe crecer a pesar de las adversidades y luego continuar. Él encontró su camino en el matadero. Siendo muy joven conoció el negocio. Las instrucciones eran precisas; entrar impecable con trapo y cubeta, y a limpiar. Toda la jornada limpiar. Limpiar sin descanso. Limpiar sábados y domingos; navidades, años nuevos y cumpleaños. Limpiar siempre. Algunas veces la pestilente sangre y los chillidos de los cerdos le provocaban náuseas, una especie de vértigo incesante lo rodeaba, otras, debía limpiar también su vómito, pero eso pasó pronto, uno se acostumbra, se adapta. Antes de concluir la jornada para salir al aíre fresco debía pasar por las regaderas, también ahí olía a sanguaza. Pero todo tiene un lado positivo, una recompensa, desde entonces puede disfrutar y compartir las tardes con su familia. Una de sus metas, por compleja, era llegar al puesto que hoy ocupa. Para eso debió prepararse; estudió mercadotecnia y además fue ayudante, destazador y chofer, tablajero, empacador y matarife. La compañía ha crecido exponencialmente. Ahora hay un matadero en cada pueblo. Sus mercancías se venden prácticamente en cualquier lugar. Él está cumpliendo sus sueños.

III. Disertación.

De mí, hay poco que decir. Mi vida no es como la suya, no es perfecta. He pasado por muchos altibajos. Ellos son mis amigos. Los estimo y los admiro, llevan unas vidas ejemplares. A Juan lo conocí en el colegio, a Carlos en la Universidad. Son personas buenas. Juan es mi compadre, bauticé a Juanito. Carlos me presentó a su prima Lupita, mi esposa. No me gusta maltratar a los animales pero nunca recogería un perro callejero para llevarlo a mi departamento. Soy incapaz de matar un grillo pero mataría sin piedad a una rata. Aborrezco el día que entré al matadero y quedé estupefacto al ver cómo disparaban en la cabeza a una vaca enorme con la pistola neumática, —en realidad no moría la bestia sólo desmayaba—, para luego colgarla de las patas traseras, y todavía viva, pelarle la piel, abrirla en canal, destazarla y empacarla. Por otro lado, puedo llegar a disfrutar, como cualquier otro, de una manera extraordinaria, los días de parrillada, desde comprar el carbón hasta el momento mismo en que muerdo un exquisito y jugoso trozo de ribeye. La angustia puede invadirme a veces pero luego me abandona. He donado dinero a muchas organizaciones de liberación animal y en el closet, almaceno abrigo, chamarras y zapatos de piel; un portafolio de cocodrilo y unos guantes de chinchilla. Me conmueve observar cachorros o fotografías de beagles dentro de su canasta pero detesto el olor a orines y los pelos flotando por todas partes. Soy incongruente, la vida lo es. No soy como mis amigos. Creo que nunca podré ser auténtico. No me explico por qué ellos me consideran su mejor amigo. Creo en Dios. Pago mis impuestos. Y aunque casi todos los días me siento feliz, creo que en ocasiones desearía nunca haberlos conocido. Hace poco, convencido y con ayuda de Carlos, decidí deshacerme de todos los productos encontrados en mi hogar, cuyos fabricantes experimentan atrozmente con animalitos; artículos de limpieza y aseo personal, alimentos variados, cremas, cosméticos, etcétera. Llenamos cinco costales. Carlos se fue contento. Yo estuve contento sólo los primeros días; aguanté bañándome con pura agua una semana, luego tuve que ir nuevamente al supermercado para rellenar la despensa. Una de aquellas noches, Lupita se puso mal y la llevé al Hospital, era una infección pulmonar, en la casa no había ni un analgésico, el médico suministró antibióticos de un laboratorio que experimenta con chimpancés. Lupita mejoró pronto. Descubrí en definitiva, que no se puede vivir así, sin los beneficios de tales productos. Siento mucho remordimiento cuando tomo algún jarabe o cuando compro zapatos nuevos, pero de alguna manera los supero. Y aunque todas estas experiencias han sido buenas o malas, confieso que he dejado de consumir y comprar muchos objetos y alimentos de origen animal, por muchas razones, principalmente mi salud. No sé si se trata de un dilema moral pero creo que he vivido, dentro del orden general, de manera incoherentemente feliz. Zapatero a tu zapato. He decidido vivir a mi manera. Se trata de respetar al prójimo y de ganar una vida honesta y lo más alegre posible, sin prejuicios. Esto es, simplemente seguir en el juego de la vida, cuestión de ética, valores. Cuestión de supervivencia.

Fin.
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Publicado en Transmigración de febrero.

Tú, él, yo, aquel...



Andas por ahí e imaginas el perfecto paisaje para tu cuento en primera persona.

Pero ¡vaya!, al señor se le ocurrió la grandiosa idea de escribirlo en segunda, y para el caso creyó, debía suceder en la ciudad. ¡Patraña!

 No, no, no. Nada de eso. No relataré en tercera persona, lo haré, en todo caso, de una cuarta, quien podría ser el personaje. ¿Y el momento? Es lo de menos.

 Qué diablos. Si así se le ha de dar la gana, adelante, mientras, haz lo que quieras pero permíteme escribir tranquilo.

 ¿Y aquel? Dejémoslo en paz por amor a Dios.

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jueves, 27 de enero de 2011

¿Esta mano es una mano?



 

Hoy por la mañana tomé una revista literaria. Me puse a leer con la misma tranquilidad que leo los lunes pero hoy no es lunes sino martes. Aquí, en las calles del centro, da lo mismo el día que sea, el cielo se llena de nubes contaminadas. Se respira espeso. Empecé con donas de azúcar y descafeinado americano. El descafeinado, dicen, no hace tanto daño para la hipertensión. La cafetería es como cualquier otra cafetería pero con libros viejos e interesantes y revistas variadas. Las donas, debo confesarlo, estaban horribles, grasosas y horribles. Leí sugerencias de teatro, cine y una síntesis de la última novela de Bolaño. Observé una frase, o mejor dicho, una pregunta que me conmovió: ¿esta mano es una mano o no es una mano? Dónde había leído esa frase antes. Me puse a recordar. Tal vez la leí en un periódico o una revista o un libro. Al parecer la escribió un autor extranjero, pero no podría asegurarlo. Tal vez no la leí sino la escuché, tal vez me la dijo mi abuela. La abuela me ha enseñado muchas frases y me ha hecho muchas preguntas, pero de eso tampoco me acuerdo bien. El caso es que la frase me hizo pensar profundamente, no por el hecho de no poder mover mi mano derecha o por tener una prótesis de mano derecha de última moda, sino porque quise moverla y no pude. Me concentré y nada. Me concentré más y nada. Fue inútil. Cuando quieres mover una parte de tu cuerpo y no funciona, experimentas frustración, pero no cualquiera sino una muy pura. Un fracaso parecido al de una decepción amorosa o al de un despido laboral inesperado, tal vez al de un accidente grave o al de cualquier otro infortunio ocasionado por una imprudencia tuya, que a la vez, estás impedido solucionar. Te das cuenta de lo inepto que eres, de tu estúpida incapacidad para resolver dificultades, simples o complejas. Escapa de tus manos. Está en las manos de otra persona, o, en el mejor de los casos dicen, en manos de un ser supremo, un ser omnipotente. No todos los descafeinados son buenos, el de esa cafetería no está mal. Pido otro. Ahora sin donitas, mejor un muffin. Qué demonios es un muffin, quise decir un panquecito, un panqué, una mantecada en todo caso, pero no un muffin. El asunto es que no puedo mover la mano derecha. Bueno, en realidad no es, propiamente, mi mano derecha, sino un pedazo de látex vulcanizado color carne con la forma perfecta de una mano, con uñas artificiales de plastilina epóxica semitranslúcida que, a no ser miradas de cerca, pasarían desapercibidas para engañar a cualquier estilista profesional. Pero vaya, vamos a ser sinceros, una mano postiza, cubierta de oro o diamantes, siempre será una mano postiza. Recuerdo un poco y me doy cuenta de lo torpe que ha sido mi mano izquierda, lenta, no sabe responder bien; quiero decir, no respondía muy bien. Empezó a reaccionar mejor desde aquel día, desde aquel accidentado y azaroso día, cuando, por equivocación, el diestro maquinista de la empresa maquiladora de tarimas de madera, donde trabajé parte de mi infancia y adolescencia, jaló, inadvertidamente, con toda la calma, el mismo leño maldecido, del que yo, o mejor dicho mi mano derecha, intrépida, se había agarrado. Era una línea de producción sin fallas, un rutinario y tedioso ir y venir de tablas y troncos. Una jornada sin desperdicios de tiempo. Todo mecanizado. Todo calculado. Todo perfecto. Cientos y cientos de tarimas. Mi mano derecha con todos sus dedos, en un pequeño descuido se aferró al madero. No se soltó a pesar de habérselo ordenado, se siguió de filo derechito a la sierra circular. Una sierra de acero templado inoxidable ultrarresistente con más de veinticinco brillantes y filosos dientes, cuya fuerza descomunal, hacía girar el potente motor a cientos de revoluciones por segundo. Bueno tal vez exagere un poco, pero deben creerlo, así parecía. Entonces crac. Ella, quiero decir mi mano derecha, tan frágil, salió volando hacia el fondo del mugriento local, varios metros por encima de los bancos de trabajo; fue a dar justo a la tina del hipoclorito de sodio. De no ser porque la vi elevada y la reconocí, uno puede reconocer sus manos donde las vea, no hubiera sabido lo sucedido. Al cabo de unos segundos, entre atontado y reaccionando, intenté ir a su rescate. Caminé unos metros, me agaché. Con la mano izquierda tomé la derecha. Ahora que recuerdo, creo haber mencionado yo esa frase, o mejor dicho, esa pregunta, ¿esta mano es una mano o no es una mano?, tal vez la pensé y no la dije, quizás la pienso ahora, o tal vez en verdad la leí en un periódico, no lo sé. Intenté analizar esas palabras. Esa mano era una mano y no lo era. La tenía agarrada con la izquierda y me la acerqué al rostro. La vi blanca, lechosa, como de migajón, como la mano de un muñeco de cera. Se puso así por alguna reacción bioquímica, pensé. El cloro entra en contacto con tejido vivo. Vivo a pesar de no estar tan vivo o por ser parte semiviva de un ser todavía vivo, que no se podría considerar parte mía viva, pues ya estaba casi muerta. Para entonces no parecía cosa viva ni muerta de nadie. Se veía inmóvil, hinchada, con la sangre quieta. Era como la mano tasajeada de un zombi, como la extremidad del buzo arrancada por la dentellada inmisericorde del tiburón asesino. Sentí horror. Sudor y lágrimas nublaron mi vista. El maquinista tuerto gritó. Yo grité. Todos gritaron. Había salpicadas sanguinolentas y cachitos de carne por todos lados. Las obreras estaban espantadas, un par de maquinistas parecían acostumbrados. Alguien habló a la patrulla. Dentro de la desesperación me dije, para qué hablan a una patrulla estos imbéciles, deberían buscar una ambulancia. No sé por qué recordé de nuevo a la abuela, ella decía frases y consejos; las frases las decía siempre, los consejos no, a menos que se los pidieran. Sus consejos caían como anillo al dedo: si te gusta el arte mi niño lindo, dedícate al arte, pero por si las dudas aprende carpintería, así podrás sobrellevar la inmunda vida del artista, me decía. Como buen nieto, le hacía caso. Después de unos minutos, me armé de valor e intenté con pésima suerte, colocar la mano empapada de clarasol en su lugar. Al hacerlo el dolor se multiplicó. Caí de rodillas y confundido.  La misma reacción bioquímica, pensé. Vi mi mano derecha y sentí nostalgia. Esa tortura no se la habría deseado a nadie, excepto quizá, al maquinista tuerto. Lento avanzaban las punzadas por el cuerpo, de repente me sacudían, no cesaban. Me seguía doliendo la mano derecha, aunque ya no la tenía, bueno en realidad si la tenía, pero en la mano izquierda, bien sostenida. Aún así seguía sintiendo la mano derecha. Paró un poco la hemorragia, otra vez la reacción bioquímica, pensé. Miré el reloj checador. El tiempo corría despacio. Entonces reaccioné. Observé mi mano izquierda, dentro de ella vi lo que había sido mi mano derecha. Como acto reflejo, empujado por una repugnancia insospechada y un susto de los mil diablos, voté la mano lo más lejos que pude. Cayó al piso, se empanizó con tierra y aserrín. Me desconocí. Repudié esa mano maldita. Esa cosa indiferente ya no era una mano. Puros huesos cubiertos de carne muerta. Una herramienta inservible. Un instrumento estropeado. El sentido del tacto perdido para siempre. Mi estómago se contraía por el daño. Habrían ya pasado segundos que a mí me parecieron horas. Me arrepentí. Es absurdo mi comportamiento; esa mano, ese pedazo de algo, no siendo ya parte mía, aún me pertenecía. Recapacité y decidí salvarla. La deseaba de vuelta; la extrañaba. Algún cirujano plástico japonés, experto en transplantología me salvará. Sé muy bien de casos en los que se pierden partes enteras del cuerpo y luego son colocadas con éxito. El médico espera ansioso en la clínica, me coserá la mano, pensé y me fui calmando. Todo volverá a la normalidad. El tuerto a la máquina, mi mano a su brazo, y yo, de una vez por todas, al gratificante y seguro camino del arte. No fue así. No llegó la ambulancia, tampoco la patrulla. Llegaron más obreros. Me desmayé. No supe bien lo que pasó. Supongo que durante el trayecto de la fábrica al hospital debí soñar con mi mano derecha. Cuanto la usé. La necesitaba, la amaba. La ocupé para casi todo, desatornillar, untar, pedir ride, usar el mouse, golpear a alguien, masturbarme, meter primera y segunda, tercera y cuarta, meter reversa, sobarme las sienes, rascarme la oreja, ponerme los calcetines, señalar cualquier cosa, beber cerveza, jugar billar, lanzar los dardos, tomar la sopa, apretar suavemente los senos de una bella chica, picar los ojos, cortar cebolla, contar dinero, pasar la siguiente página de la revista, beber el descafeinado, tomar las donas grasosas. Tantas y tantas actividades que no se pueden hacer, sencillamente, con la otra mano. La otra es, como lo dije, torpe, no responde, siempre ha sido apática. Piensa en la instrucción, levantar la moneda de diez centavos. El cerebro obedece, el sistema nervioso obedece, la derecha veloz también obedece, se apresura y cumple la misión. La izquierda, se queda quieta, como si no hubiera escuchado, se hace la loca. La tarea cotidiana de sacarse el moco, resulta prácticamente imposible con la izquierda. Es penoso pedir ayuda para limpiarse la nariz. Pero ¡vaya!, en estas cosas no debería ser uno tan fijado, la izquierda está ahí, y es mejor tener una testaruda que ninguna. Abrí los ojos. Vi una luz fulgurante. Este es el fin, pensé y sentí como si me orinara, luego escalofrío. Me di cuenta que no era el fin, esa luz no indicaba el final, y en efecto me había orinado. Era el ojo parpadeante del faro de la entrada al hospital. Intenté levantarme, saqué fuerzas pero no lo logré. Tres paramédicos me subieron a la camilla. Desde el fondo del pasillo por donde entrabamos, se escaparon gritos desesperados, alaridos de sufrimiento, angustiosos lamentos. Salió el niño llorón con su paleta roja y yeso en el antebrazo. Un tipo alto de patillas grises metió en brazos a una anciana de aspecto afligido. Una densa nube invisible se apoderó de la sala, los pasos se hicieron pesados. Todo va a salir bien, dijo el camillero, pero no le creí y me dio una palmadita en el hombro. Cuando ves el cielo raso de los hospitales públicos, te das cuenta de la verdadera pobreza. Todo sin pintar, todo cemento. Un foco si, dos no, tres si, cuatro no, uno si, seis no. Ves huir las cucarachas despavoridas. Olor a excrecencia burocrática corrompida. Escoria administrativa putrefacta. Caciquitos de escritorio. De milagro pude entrar. Aquí sólo se atienden casos de verdadera emergencia, decía el letrero de la entrada. Había gente retorciéndose doloridamente en una fila interminable. Tuve suerte. Giré la cabeza varias veces, no vi al  cirujano japonés. Recordé a mi abuela de nuevo: cuando tomes algo no lo sueltes, me decía. No entendí hasta ese momento. El techo del quirófano sí estaba pintado, de gris o de tabaco, tal vez de azul, de un azul opaco, no recuerdo bien. Cada parpadeo llegaba con su propio mareo, el dolor era insoportable, como si hubiera sido azotado o arrastrado por un caballo desbocado, como si hubiera caminado diez kilómetros parado de manos. Ardor extremo. Se aplacaba cada tanto y luego furioso regresaba. La enfermera repitió, todo va a salir bien muchacho, yo comencé a molestarme. No podía escuchar con claridad, el sonido se apagaba y resurgía. Señor, dijo el paramédico, por favor suelte la mano. Cuál mano, dije antes de pegar otro grito de dolor. Despacio suelte su mano, insistió ahora el camillero. Cuál mano, pregunté iracundo. Suelte la mano despacio, gritaron al unísono. Quise dar un puñetazo con la mano de siempre. El cerebro mandó sus impulsos. Atolondrado intenté golpearlos pero sólo salpiqué sus batas con sangre. Me percaté de los colgajos ensangrentados del muñón de mi antebrazo, grité más fuerte de la rabia. Quise pegarles con la otra mano. Mandé la señal. La izquierda se levantó dispuesta. En ese instante vi de nuevo mi mano derecha, tomada fuertemente por la izquierda. No pude golpear al camillero, o mejor dicho si lo golpeé, pero no con mi puño izquierdo sino con mi mano derecha al soltarla. Le di en la mera jeta. No supe si le dolió pero al rato lo vi de chillón. Me sujetaron por los brazos, forcejeamos, luego sentí el piquete. Me calmé. La vista se aclaró y me dio sueño. Me dejé llevar por los benditos efectos del sedante. Al día siguiente desperté pasmado. Para mi sorpresa, había un oriental platicando con la enfermera, me hice el dormido para escuchar algo. Cuchicheos. El oriental levantó y bajo los brazos, movió las manos, señaló la tabla de indicaciones y se fue apresurado. La enfermera se acercó, con actitud indolente y los ojos vacilantes dijo, señor, lo siento señor, hicimos lo que pudimos. A que se refiere, respondí extrañado. La cirugía. Cuál cirugía dije. Usted perdió su mano, bueno no la perdió del todo, la tenemos allá. Y señaló unas vitrinas amarillentas. No me diga que no me pusieron mi mano. Lo intentaron todo, señor, pero fue imposible. Me estremecí. De no haberse contaminado por el cloro y la tierra, tal vez la habríamos salvado, dijo calmadamente y se sentó a platicar conmigo el resto de la tarde. A los pocos días salí del hospital. Fui rápidamente a buscar una prótesis. No fue difícil, del otro lado de la calle del hospital había infinidad de establecimientos especializados. Entré a una tienda espeluznante, había de todo, piernas, pelucas, ojos, patas de palo, garfios, orejas, pies, dentaduras, quijadas, dedos; en todas las medidas y colores posibles. Piezas que parecían de verdad. Hojeé algunos catálogos. Soporté la vergüenza de andar sin mano, hasta que, tras ahorrar largo tiempo pude comprar la mano ideal. Una muy discreta que pasara inadvertida. En fin, una mano reservada; acorde con mi personalidad. Hoy que descanso en este confortable sillón de la sala, recuerdo melancólicamente los días felices al lado de mi mano derecha, paso largas horas mirándola. Tan valiente. Reflexiono y observo ese frasco-tumba con mi mano sumergida en cloroformo, quieta para siempre en la repisa, estática eternamente justo al lado de las campesinas del cuadro de la chimenea. Esa mano es una mano o no lo es, me pregunto una vez más angustiado. Esa mano fue una mano, me respondo afligido, resignado. Luego veo mi mano derecha de hule, me pongo triste, no la puedo mover, nunca podré. La observo por horas. Esta mano es una mano o no es una mano, me pregunto repetidas veces. Sí es una mano pero no es una mano mía, me respondo de nuevo. No es mía pero me pertenece. Cómo puede ser algo tuyo y no serlo. Una impostora. Nunca será como la verdadera. Nunca tan audaz. Funciona sí, y se ve casi real, pero para qué. Entonces, veo la izquierda desobediente y perezosa, veo el frasco repugnante con la mano inerte, y veo a la impostora, tan lustrosa incrustada en el brazo, ¿estas manos son unas manos o no lo son? Qué dilema. En fin, debo acostumbrarme, de cualquier modo ninguna de las tres siquiera sirve para tomar el pincel y hacer algún trazo decente, mucho menos para limpiarme bien el culo.

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Cuento ganador del XVI Concurso de Cuento de Humor Negro, Michoacán 2010.
Publicado en la revista Transmigración (Entregas Especiales Diciembre-Enero)

martes, 25 de enero de 2011

Revista Transmigración: Entregas Especiales Diciembre-Enero.



Con el cuento "¿Esta mano es una mano?", publicado en las Entregas Especiales de la Revista Transmigración, obtuve el primer lugar del XVI Concurso de Cuento de Humor Negro, ojalá les guste, pueden leerlo en la siguiente liga:


Revista Transmigración: Entregas Especiales Diciembre-Enero.: "- Enviado mediante la barra Google"

lunes, 13 de diciembre de 2010

El porvenir está en ti.





El escritor sólo puede interesar a la humanidad,
cuando en sus obras se interesa por la humanidad.
Miguel de Unamuno

Una de las preguntas obligadas al acudir a un taller de creación literaria es, cómo y de qué escribir. La respuesta dada por el profesor, poeta y escritor, José Alfredo Reyes López, al preguntarle cómo escribir un cuento, fue al parecer, demasiado simple y por demás quizá, acertada, (esto no quiere decir que pueda cumplirse de manera sencilla): escribe lo que vives, lo que ves, eso han hecho los grandes escritores. El cómo es lo de menos, sólo hazlo, pero hazlo de manera bella y que sea verosímil. Josea, como le decíamos, tenía razón.
Entonces acusé, medianamente, cómo a través de un tamiz, el escritor cierne su propia percepción de la realidad, para transformarla, con la más variada técnica, en una obra de ficción.
No termino de encontrar respuesta y se me acumulan más preguntas. ¿Hasta dónde pues, los encargados de las plumas, han sido capaces de imitar su realidad con el fin de reflejar los problemas de su entorno?, y si acaso esto ha sido cierto, ¿qué efecto habrán logrado en la sociedad? No lo sé con exactitud. Pero de lo que me he dado cuenta es de los esfuerzos históricos realizados por ciertos personajes al difundir por encima de todo su pensamiento.
Inherente al ser humano ha sido la necesidad de comunicar. Primero hablando y siglos después escribiendo. Pinturas, panfletos y almanaques; libros, periódicos y revistas. Hoy se pueden difundir, relativamente fácil, y gracias a la tecnología, mayor cantidad de documentos y obras.
Iniciativa hecha realidad, digna de reconocimiento y encarrilada por los mismos rieles es Transmigración, la nueva revista digital, medio electrónico abierto a la divulgación comunicativa de actualidad. Hago pues, un enorme esfuerzo por ensayar algunas opiniones e ideas aquí, en este espacio, con miras a invitar a la sana reflexión y en abono de un terreno para vivir mejor.
No me di cuenta en qué momento mi librería predilecta se inundó de violenta literatura y así se fueron disminuyendo los estantes de poesía, teatro, ensayo y cuento. En qué momento se empezó a joder todo, —cárteles, sicarios, ladrones, secuestros, violaciones, muerte—, y se llenó de portadas de fondo negro como las fosas; letras rojas como la sangre. Redacciones de escándalos políticos, apiladas en decenas de torres, a la espera de ocupar un espacio en el anaquel.
Una sociedad fracturada e inculta repleta de jóvenes idealistas con nubladas utopías crece. Huele a podrido. La tumefacción purulenta se acrecienta en el hígado de nuestra nación. El ideal patriótico, estandarte ancestral, se desvanece pausada y violentamente. Muere gente buena, la buscadora del bien común; periodistas, luchadores sociales, personas comunes y corrientes. Pero hasta cuándo. Hoy esa gangrena ha llegado a las inalcanzables esferas; potentados, dirigentes, altos funcionarios, empresarios. Estos últimos grupos tienen la opción de huir, de refugiarse en otro país, ¿y los demás? Abandonados a su suerte. Que Dios los ayude. Aquí, la escapatoria es fácil, las alternativas mediocres y los negocios peligrosos pero redituables. El sueño de ser médico, astronauta, bombero o ingeniero ha sido sepultado, palada tras palada. Hoy priva satisfacer el hambre física.
Dice el actual Nobel de Literatura que entre los latinoamericanos se desborda todavía, energía creativa. Somos buenos creadores, hacemos poesía, pintamos cuadros y creamos música. Rebosamos ingenio. ¡Larga vida a la imaginación de la América Latina! En su mismo artículo, refiere que igual de buenos somos para infringir, claro, en pos de una vida ideal. Señala que estamos acostumbrados a violentar las normas, para lograr insustanciales objetivos. Así somos, genéticamente, insinúa Vargas Llosa, y quién sabe si cambiemos. Dejados e ignorantes, repudiamos los beneficios de una internacionalización económica. Globalización, en sus palabras. Eso sí, como nosotros para organizar y disfrutar de guateques o carnavales, pocos. El Nobel cita, al referirse a nuestro comportamiento, las primeras líneas del manifiesto del poeta peruano Augusto Lunel, “Estamos contra todas las leyes, empezando por la ley de gravedad”.[1]
Aseveración veraz o dolorosa realidad latente. Cuestión de enfoque. Algo de razón habrá. De lo que podemos opinar es del espíritu que antaño nos pobló y hoy agoniza. La cosmovisión de nuestro pueblo se ve borrosa. Nos metemos zancadillas. Nos empujamos y caemos; nos chingamos unos a otros. Hundimos al amigo jalándolo hacia abajo, a nuestra costa. Dejamos el terreno listo para que el audaz vivales sin escrúpulos, el hambriento de poder, siembre y coseche más corrupción. Nos despreciamos. Nos aborrecemos y segregamos. No veo el día en que logremos convivir con tolerancia entre los pueblos que conforman nuestro suelo.
No sé si se mejoren las cosas. Por el momento, para alimentar la apatía de indolentes y egoístas, hay suficiente televisión. Vano entretenimiento, pésimo contenido, ociosa y deprimente distracción atiborrada de terror.
Las librerías seguirán desoladas, acudirán a ellas los curiosos con dinero suficiente para adquirir una crónica devastadora, un morboso relato, una ficción cuyo reflejo es la proterva realidad. La educación, médula de la civilización, seguirá defectuosa, distante. Futuro infértil, desconfianza creciente y anhelos extraviados en un dédalo sin salida.
Oiga señor, dónde estarán entonces los encargados de la Dirección General, ¿son ellos o no, los responsables de guiar al rebaño? Deberían serlo. No están aquí. Se encuentran apartados bebiendo algún coctel en paradisiaco destino. Lejos. Sordos y ciegos voluntarios a las persistentes manifestaciones y aclamaciones de la terca sociedad.
Hasta dónde seremos capaces de soportar. Hasta dónde de llegar.
Recién se publicó en El País: “la ola de violencia lanzada por el crimen organizado mexicano desde el 1 de diciembre de 2006 ha dejado alrededor de 30.000 muertos”[2]. Desde cuándo nos volvimos insensibles. Esa ola de que se habla en el extranjero, está formada, ni más ni menos que por nosotros, vecinos, amigos, familias, hermanos. Infames intereses nos orillan a pelear; dinero, reconocimiento, aceptación, oportunidad, poder. Esto nos hunde más en el pantano de la barbarie. Nada es eterno. No sé cuándo, pero algún día terminará. Y dejaremos de escondernos, y regresaremos a los parques, y eliminaremos las cinco chapas de seguridad para entrar a un hogar seguro.
El tema económico es primordial, don Mario dice que “La apertura de las fronteras sólo es perjudicial a los países donde los sistemas autoritarios se sirven de ella para multiplicar la corrupción, y donde la falta de leyes justas y de libertad de crítica permiten a menudo esas alianzas mafiosas entre corporaciones y delincuentes políticos”.[3] Por otro lado afirma que sin la globalización estaremos destinados al fracaso, pues esta, no siendo ni buena ni mala, ha llegado para no irse. Tiene razón, Josea tiene razón, tú tienes razón, todos, de un modo u otro, tenemos algo de razón.
Me vuelvo a preguntar en qué momento se vino a desplomar todo. ¿Cuál puede ser la solución al padecimiento de la decadencia espiritual generalizada, cuando vivimos la peor depresión emocional colectiva de nuestra época? No hay respuestas. No hay soluciones. Esperar. Solamente esperar.
En buen lio me he trabado, divago en este embrollo amurallado para intentar inútilmente dilucidar las mismas preguntas que todos nos hacemos y que posiblemente no logremos contestar.
Termina la primera década del siglo XXI, año de conmemoraciones: doscientos años del inicio de una independencia enmascarada, y cien años de una revolución que no debió haber terminado. ¿Cree usted que puede haber alguna esperanza?
Observe ahí, justo ahí dentro, del lado izquierdo de su pecho. Sí, ahí. Se alcanza a ver un rescoldo entre las cenizas. Una ínfima luz aguerrida que se aferra y aluza un porvenir incierto, pero porvenir al fin.
En sus manos, en las mías y en las de todos está llegar allá ilesos. No hay que escarbar muy profundo para darnos cuenta que la solución es voluntad, añoranza. Puro instinto de supervivencia.
El cambio real y verdadero está en nuestras manos, lo sabemos. Lo hemos sabido siempre.


 



[1] Vargas Llosa, M. (3 de febrero de 2001). ¡Abajo la ley de gravedad! Recuperado el 19 de noviembre de 2010, de El país: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Abajo/ley/gravedad/elpepiopi/20010203elpepiopi_7/Tes
[2] El País, E. (22 de noviembre de 2010). Asesinado un ex gobernador en México. Recuperado el 22 de noviembre de 2010, de El país: http://www.elpais.com/articulo/internacional/Asesinado/ex/gobernador/Mexico/elpepuint/20101122elpepuint_3/Tes
[3] Vargas Llosa, M. (3 de febrero de 2001). ¡Abajo la ley de gravedad! Recuperado el 19 de noviembre de 2010, de El país: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Abajo/ley/gravedad/elpepiopi/20010203elpepiopi_7/Tes


 Publicado en Transmigración, la nueva revista digital. Número especial diciembre-enero.